Miguel Ángel Buonarroti representa la expresión máxima del arte de esculpir. Genio precoz, elabora sus primeras obras maestras siendo todavía un niño, atendiendo a una vocación irrefrenable por el arte escultórico, una vocación que no le abandonará jamás. Preso de esta pasión incontrolable, trabajará el mármol incansablemente hasta sus últimos días, alumbrando creaciones impulsadas por un halo de divinidad.
El florentino intentó encarnar el espíritu en toda su plenitud, en busca de una perfección imposible de alcanzar. La profundidad de sus ojos y la potencia precisa de sus golpes, alumbraron maravillosas formas modeladas por la pasión desbordante de cada uno de sus gestos.
De este modo, el escultor que no quería pintar, emebelleció el mundo con la melodía de su cincel.