Resulta más que interesante, atender a las palabras de los grandes creadores sobre el sentido de su propia práxis. En esta ocasión recordamos al Premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, quien al reflexionar sobre su tarea afirmaba:
"Puesto que vivimos en pleno misterio, luchando contra las fuerzas desconocidas, trataremos en lo posible de esclarecerlo. Concluida nuestra labor, seremos olvidados como la semilla del turco. Pero algo nos consolará, al considerar que nuestros remotos descendientes, nos deberán un poco de su dicha, y que gracias a nuestro esfuerzo el mundo resultará algo más agradable e inteligible."
De este pensamiento se pueden extraer diversos y fructíferos planteamientos, como la profundidad de significado que conlleva, el hecho de que un científico positivista asuma la existencia inexcusable del misterio.
Somos tiempo… somos el hacernos a nosotros mismos con nuestras acciones, que se van sucediendo continuamente, hacia un futuro que todavía no existe y que sin embargo, vamos labrando indefectiblemente…
Hace un par de semanas saltó a la noticia un matemático ruso que se había negado a recoger el premio que le fue otorgado por la Fundación Clay -y la dotación económica de un millón de euros que el mismo trae consigo-, al haber resuelto uno de los denominados enigmas matemáticos del milenio (la “Conjetura de Poincaré”). Lo curioso del caso es que el problema fue resuelto por un matemático que ni tan siquiera ejerce dicha actividad profesionalmente, sino simple y llanamente por puro interés personal, algo admirable y difícil de encontrar en los tiempos que corren. En 2006 al citado matemático, Grigori Perelman, ya le fue concedida la Medalla Fields por la resolución de dicho enigma. Este reconocimiento, equivalente al Nobel de las matemáticas, igualmente fue rechazado. Para mayor asombro ha de saberse que el genio ruso consiguió alcanzar esta resolución, sin mantener contacto alguno con el mundo académico oficial. El matemático apenas mantiene correspondencia con otros colegas, por lo que habría sido capaz de resolver el enigma de una manera solitaria y en un anonimato absoluto. La resolución matemática pudo ser conocida por todos, gracias a que Perelman publicó sus resultados en internet. Al parecer, Perelman vive en un pequeño apartamento de San Petersburgo junto a su madre, donde ambos subsisten de la escueta pensión de viudedad de la señora y de lo poco que consigue ganar con algunas clases particulares. ¿Estaremos ante la figura de un auténtico sabio, preocupado únicamente por la verdad del conocimiento? Una vez más nos hallamos ante una complicada y delicada frontera, que nos hace pensar en la ya manida pregunta: ¿Genialidad o locura?
La verdad siempre ha sido uno de los grandes campos de batalla para el pensamiento humano. A lo largo de los siglos se han desarrollado diversas e interesantes maneras de aproximación a la verdad. Personalmente, la consideración heideggeriana del asunto siempre me ha parecido una manera muy acertada de acercarse a la misma. En su obra cumbre, Ser y tiempo (1927), el maestro alemán exponía inicialmente su concepto de verdad como “desocultación” y allí nos explicaba que la verdad es desvelamiento. Según Heidegger, hay que ir desnudando lo real hasta llegar a su esencia. Este concepto piensa la verdad como algo profundo, como un “fenómeno” que se encuentra oculto entre una serie de velos que hay que ir quitando de en medio. Pero si la verdad es esencial a la existencia misma, ¿por qué cuesta tanto encontrarla?
Si pensamos que la verdad emana del ser y el ser es lo que nos hace estar de una determinada manera, ¿por qué cuesta tanto esfuerzo alcanzar la verdad? La verdad de las cosas tendría que presentarse inmediatamente en cualquier circunstancia sin más. Las cosas son porque son verdad, y la falsedad y el error residen únicamente en la capacidad humana de juzgar. ¿Por qué entonces solemos tropezar constantemente con el error? Al parecer la capacidad humana de juzgar, suele jugar malas pasadas en el desesperado intento por alcanzar la verdad, poniendo incluso más trabas de las que debiera.
Del mismo modo que Heidegger, pero desde el ámbito de la creación plástica, el divino Miguel Ángel sostenía que la tarea del escultor consistía básicamente en quitar, en desnudar el bloque de mármol hasta alcanzar la desnudez plena de la figura. Véase, por ejemplo, el David.
En definitiva, pues, de un modo u otro, os quiero hacer llegar la idea de que la verdad está más cerca de lo que pensamos y sin embargo seguimos sin ser capaces de alcanzarla.
El Saramago que no realizó estudios universitarios, que nos habló de su abuelo en el discurso de recogida del Nobel o al que tuve la oportunidad de ver en la Universidad de Sevilla hace ya algunos años, se marchó ayer para siempre jamás.
En el día de ayer, el Premio Nobel de Literatura encontró su particular camino hacia la eternidad. Ahora podrá dialogar con Dante sobre su descripción del Paraíso.
Saramago siempre rehusó de otra vida que no fuera ésta, pero a buen seguro que a estas alturas ya habrá mantenido algún diálogo pausado con alguno de los genios que ya pasean por el jardín de los jardines. Imagino a Saramago comentado su lectura del Quijote con Cervantes o discutiendo con Unamuno sobre Dios. ¿Y cómo será su encuentro con el laberíntico porteño?...
Borges: "José, hace ya algún tiempo que esperábamos tu llegada."
Saramago: "¡Qué sorpresa! Ni en mis mejores relatos hubiera podido llegar a imaginar que podía existir otra vida, y menos aún que en ella tendría la oportunidad de poder hablar con los grandes genios del pasado."
Borges: "Yo, sin embargo, tuve la enorme fortuna de encontrar aquí la mayor biblioteca que nunca pudiera haber imaginado, tal y como comenté en alguna ocasión."
Saramago: "Sin duda, tendrá que conducirme a ese maravilloso lugar."
Borges: "De eso no me cabe la menor duda. Pero, por favor, llámame por mi nombre. Aquí todos nos llamamos por nuestro nombre, aquí todos somos iguales.
Seguro que te encantará hablar con Miguel, William o Leon. Además, aquí no tenemos problema alguno con el lenguaje. Aquí todos hablamos el mismo lenguaje, el lenguaje esencial de las cosas que se muestra sin hablar."
Saramago: "Me encantará hacerlo. Ahora que lo sé, puedo decir que tenemos toda la eternidad para ello..."
De padre español y de madre de origen argentino, nací en Sevilla a finales de los setenta, justo el año en el que en mi país florecía la libertad de un modo institucionalizado. Estudié filosofía y desde entonces, he publicado diversos escritos sobre sobre diferentes asuntos. Mi interés por la reflexión y la escritura, me ha impulsado a cultivar esta obsesión vocacional de una manera ciertamente peculiar, por lo que al margen de mis quehaceres profesionales y como producto de todo este mare magnum de acontecimientos, surgió casi de una manera autónoma este "lugar", que no pretende otra cosa que establecerse como un pequeño espacio desde donde contemplar lo que (nos) sucede y meditar sobre ello.